18 de julio, 2014.
También pensando un poco en esto, que dice Foucault,
de que el poder no es siempre detentado por uno en contra de los otros, por un
grupo en contra de otro, una clase en contra de otra. No existe blanco inerte
del poder, sino que el poder nos transversa, cada sujeto como sujeto mismo es
un producto del poder, y en cada sujeto y relación micro o macro intersubjetiva
ese poder circular.
Pensando un poco en eso me acordé de que en el
barrio en el que vivía cuando era niña había una loca (como en todos los barrios,
supongo). Primero era gracioso, era hasta bueno porque en pocos días nos
llenaba de anécdotas. Después dejó de ser gracioso, quizá por esto del poder. Porque su comportamiento tan
diferente, tan por-fuera-de, ajeno a normas, usos, costumbres, comenzaba a
poner en jaque la vida de algunas personas de la cuadra. Esa mujer en su locura
comenzaba a detentar un poder que no podía, que no debía, que nadie quería que
estuviera ahí. ¿Cómo se explica que una mujer mayor de cuarenta años, madre
soltera, habitante de un barrio clase media-media baja, sin trabajo, sin
estudios amenazara de muerte a su inquilina, la obligara bajo esta amenaza a
hacerle las compras en el supermercado todas las semanas?
Pero no es lo que me convoca en realidad esta
circulación del poder, en realidad,
mucho más que con Foucault esta historia tiene que ver con Cortázar, con ese
cuento de los Félix que muchos conocemos y que su nombre me hace eco en la
cabeza cada vez que una de estas cosas pasan: “Pequeña historia tendiente a
ilustrar lo precario de la estabilidad dentro de la cual creemos existir, o sea
que las leyes podrán ceder terreno a las excepciones, azares o
improbabilidades, y ahí te quiero ver.”
Esta loca, que vivía a pocos metros de mi casa, ya
que era la inmediatamente contigua (muchos años después descubriríamos gracias
a Catastro que las paredes de las casas estaban mal hechas, es decir que ni
siquiera los treinta centímetros reglamentarios de las medianeras nos
separaban, sino sólo quince), era más bien una persona taciturna. Salía poco de
su casa y si salía, era casi siempre de noche.
Era por esta razón que el “jardín” (si así se le
podía llamar a los 3 metros de triste cemento que precedían la puerta de
entrada) de su casa era un buen lugar para jugar con las otras nenas del
barrio. Hubo una época donde se sentaba a tejer en la puerta de la casa pero
hacía un tiempo ya de que no. No iba a salir, ni siquiera si durante la siesta
nos quedábamos ahí y hacíamos un poco de ruido, no iba a salir. Y si salía, iba
a ir a hacer sus compras y no iba a interactuar con nosotras, como pasó alguna
vez.
Pero como es así, como a veces la estabilidad, los contratos
silenciosos, en los que creemos existir ceden al azar, a una improbabilidad,
fue una vez que salió con una compotera con maní y otra con ¿palitos? ¿papitas?
No me acuerdo, sé que eran dos. Y gentilmente nos la ofreció a mí y a mi amiga
que mirábamos asustadas como el Pacto de Olivos con la loca se caía a pedazos,
y hablaba por primera (y única vez) en años con nosotras, y nos ofrecía como
una tía, o peor: como una buena-vecina, algo para comer. Con un sonrisa, con
buenas intenciones en los ojos.
Pensábamos que tenían veneno, pero esas cosas sólo
pasan en las ficciones, y no había veneno, ni bichos, en las compoteras, sólo
había un rico tentempié. ¿Cómo explicar eso? Era la misma vecina que amenazaba
de muerte a la inquilina, que le decía que le iba a poner veneno en el tanque
de agua, era la misma que salió desnuda a la calle un par de veces, y que otras
tantas colgó ropa interior salpicada en sangre en el picaporte de las puertas
de los vecinos; era la misma persona que a la tarde se sentaba en el patio de
su casa a gritar cosas, a veces incoherencias, otras veces historias poco
felices de su vida. Era la misma persona que años más tarde amenazó a su hijo
con un cuchillo y terminó siendo llevada a la fuerza al psiquiátrico en plena
noche, pero a la vista in/discreta de todos los vecinos.
Quizá Foucault o el mismo Freud, o Lacan tengan una
explicación. Pero prefiero quedarme con el asombro de mis ocho años, con la
sensación con la que me acosté a dormir esa noche y la que me acompaña cada vez
que me acuerdo: de que existe una buena cuota de azar, de que algo improbable puede
pasar igual, sin mayores fundamentos, sin una continuidad en el tiempo, pero
que no por eso, no porque ese acto pequeño o mediano o grande no se pueda
estructurar en el discurso de lo que es
o mejor dicho de lo que debe ser, lo
hace menos real o menos válido.
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