15 de julio, 2014.
¿Cómo puede ser que así sin más, me asalte en el
escritorio esa sensación en las costillas? Puedo casi sentir tus piernas abajo
mío, los dos en la cama viendo una película.
No me asusto, no tengo miedo, no necesito olvidarte
porque en nada me lastiman estos recuerdos inofensivos.
Pero sí me deportan de nuevo a ese lugar prohibido y
sagrado, ese que era nuestro sólo; perfumado por el microclima de tu boca, que
siempre era cigarros y ocho hora de trabajo y un gusto después lejano que no
era mío, que era sólo tuyo y no lo querías pero estaba ahí en tu boca, ese
gusto a remedio, ese gusto a sin-remedio.
Eso que eras, ese sabor y ese perfume y las ocho
horas, nadie lo entendía, yo tampoco. Porque se requeriría de una sapiencia
inocua, ajena, neutral para entender, para aprehender la ternura y la dulzura y
el tormento que convivían en vos, que convivían con vos; para entender que
después de todo la alegría te era algo casi natural, inelegible; y la tristeza
era una parte tuya, como la nariz o los ojos chinos, pero no por eso era el
todo -no es la nariz de alguien su integridad- y convivían en un solo cuerpo
sin grandes exabruptos.
Nadie entendía, ni yo tampoco, porqué pusiste una
foto de una mina que nunca fue tuya en tu pieza, al lado de la cama; porqué sin
más te reconociste su ciudadano, hiciste una patria, la hiciste tu soberana, le
entregaste el vasto terreno de tu cama, de la ropa en el piso y colgada de la
ventana, de los dibujos, de las mascotas y los ceniceros siempre humeantes. Por
qué le entregaste el ejercicio monopólico de la violencia, la hiciste una
institución y la legitimaste todos los días con un beso.
En ese Estado soberano soltaste todos tus recuerdos:
el del niño con miedo viviendo en una casa sin luz y sin gas; el del niño
cansado, que ir y volver de la escuela le tomaba más tiempo que al resto y por
eso muchas veces no iba y se quedaba por ahí robándole cigarrillos a las tías.
El del niño enojado con un padre que se fue y volvió y se volvió a ir y volvió
a volver, el niño que sueña (¿o era verdad? ¿o una vez lo hiciste en serio?)
que se ata con una soguita al brazo del padre para que no se vaya más. El del
adolescente atormentado porque la hermana se besa con policías en la esquina
del barrio, el del adolescente cansado, triste. El del joven que se va de la
casa, que se va de un pueblo a vivir a una ciudad grande para no ser nadie,
para que no le conozcan la cara ni los miedos, para que nadie le venga a robar
las alegrías.
¿Cómo puede ser que así sin más, me asalte en el
escritorio esa sensación en el pecho? Me puedo ver durmiendo en la cama al lado
tuyo, pidiéndote que llegués un rato tarde al trabajo.
A veces me gustaría saber qué habrás guardado de
todo eso, o si finalmente mi tiranía, mi corazón corrompido de poder destruyó
todo, endeudó todo, vendió todo por pocas monedas.
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