"El blog, hasta que se llenó de pelotudos sin dios, era la apuesta peronista."

Carlos Godoy, "Escolástica Peronista Ilustrada"

domingo, 12 de abril de 2015

Después también, esta parte.

04 de abril, 2015.
Después también esta parte: que es tener que explicar
por qué te quise.
Buscar algún argumento, intentar que la lógica
me asista en algún punto.
Esta parte: yo te quise, no sé muy bien por qué.
Esta parte: cuando te quise, no le tuve miedo a la muerte;
cuando te quise, el caos del mundo me pareció orden;
cuando te quise, algún dios me apareció en el pecho.
Después también esta parte: ya no poder quererte,
y tener que explicar por qué te quise.

De cómo cuestan las cosas simples.

06 de abril, 2015.
En enero me compré "El Jugador" de Dostoievski,
pero era una mala traducción
y no lo quise seguir leyendo.

En febrero dije que me iba a comprar
una traducción mejor.

En marzo me aburrí
de planificar el viaje a la librería.

En abril firmé la primera página
y lo guardé en la biblioteca.

Me llevó cuatro meses
dejar de leer un libro.

Me he preguntado mucho.

21 de marzo, 2015.
Me he preguntado mucho. Me he preguntado por ejemplo si existe una esencia o si somos acciones.
Me he preguntado si seré triunfar una revolución, si serán libres los pueblos un día.
Me he preguntado por los colectivos, por los viajes, por los hijos.
Me he preguntado a dónde sembraré la ternura de mis abuelos cuando ya no estén y si ese dios que maté en la infancia no será que en realidad vivió siempre en la Familia que ellos nos hicieron.
Me he preguntado por la gente que no me ha querido, me he preguntado si yo era un hijo o un aborto, si yo era amada o sólo amante, si me equivoqué cuando elegí a priori los Amores de mi vida.
Me pregunté por la angustia, una que aparece que es como una gotera que va desde la garganta hasta la boca del estómago.
Me he preguntado cómo vive la gente ciega, si será todo negro o todo blanco, si al final un rostro puede o no puede construirse con las manos.
¿Será esto nomás la vida? ¿Los otros también sienten estar esperando un gran momento? ¿La gente rica también se deprime?
Me he preguntado varias veces sobre la política: ¿Estaremos errando? ¿Tendremos al menos un acierto que nos deje dormir tranquilos a la noche?
Me he preguntado si sirve de algo preguntarse tanto y si no será mejor vivir el des/amor como un partido de fútbol, saber que de la B se va y se vuelve, que uno no siempre jugó en primera, que el arquero está loco como un fanático, que la barra brava se puede ir a los fierros, que la hinchada no se va a quedar callada y que hay que jugar hasta el minuto 90 aunque te anulen un gol que no estaba adelantado.

También pensando un poco esto.



18 de julio, 2014.
También pensando un poco en esto, que dice Foucault, de que el poder no es siempre detentado por uno en contra de los otros, por un grupo en contra de otro, una clase en contra de otra. No existe blanco inerte del poder, sino que el poder nos transversa, cada sujeto como sujeto mismo es un producto del poder, y en cada sujeto y relación micro o macro intersubjetiva ese poder circular.
Pensando un poco en eso me acordé de que en el barrio en el que vivía cuando era niña había una loca (como en todos los barrios, supongo). Primero era gracioso, era hasta bueno porque en pocos días nos llenaba de anécdotas. Después dejó de ser gracioso, quizá por esto del poder. Porque su comportamiento tan diferente, tan por-fuera-de, ajeno a normas, usos, costumbres, comenzaba a poner en jaque la vida de algunas personas de la cuadra. Esa mujer en su locura comenzaba a detentar un poder que no podía, que no debía, que nadie quería que estuviera ahí. ¿Cómo se explica que una mujer mayor de cuarenta años, madre soltera, habitante de un barrio clase media-media baja, sin trabajo, sin estudios amenazara de muerte a su inquilina, la obligara bajo esta amenaza a hacerle las compras en el supermercado todas las semanas?
Pero no es lo que me convoca en realidad esta circulación del poder, en realidad, mucho más que con Foucault esta historia tiene que ver con Cortázar, con ese cuento de los Félix que muchos conocemos y que su nombre me hace eco en la cabeza cada vez que una de estas cosas pasan: “Pequeña historia tendiente a ilustrar lo precario de la estabilidad dentro de la cual creemos existir, o sea que las leyes podrán ceder terreno a las excepciones, azares o improbabilidades, y ahí te quiero ver.”
Esta loca, que vivía a pocos metros de mi casa, ya que era la inmediatamente contigua (muchos años después descubriríamos gracias a Catastro que las paredes de las casas estaban mal hechas, es decir que ni siquiera los treinta centímetros reglamentarios de las medianeras nos separaban, sino sólo quince), era más bien una persona taciturna. Salía poco de su casa y si salía, era casi siempre de noche.
Era por esta razón que el “jardín” (si así se le podía llamar a los 3 metros de triste cemento que precedían la puerta de entrada) de su casa era un buen lugar para jugar con las otras nenas del barrio. Hubo una época donde se sentaba a tejer en la puerta de la casa pero hacía un tiempo ya de que no. No iba a salir, ni siquiera si durante la siesta nos quedábamos ahí y hacíamos un poco de ruido, no iba a salir. Y si salía, iba a ir a hacer sus compras y no iba a interactuar con nosotras, como pasó alguna vez.
Pero como es así, como a veces la estabilidad, los contratos silenciosos, en los que creemos existir ceden al azar, a una improbabilidad, fue una vez que salió con una compotera con maní y otra con ¿palitos? ¿papitas? No me acuerdo, sé que eran dos. Y gentilmente nos la ofreció a mí y a mi amiga que mirábamos asustadas como el Pacto de Olivos con la loca se caía a pedazos, y hablaba por primera (y única vez) en años con nosotras, y nos ofrecía como una tía, o peor: como una buena-vecina, algo para comer. Con un sonrisa, con buenas intenciones en los ojos.
Pensábamos que tenían veneno, pero esas cosas sólo pasan en las ficciones, y no había veneno, ni bichos, en las compoteras, sólo había un rico tentempié. ¿Cómo explicar eso? Era la misma vecina que amenazaba de muerte a la inquilina, que le decía que le iba a poner veneno en el tanque de agua, era la misma que salió desnuda a la calle un par de veces, y que otras tantas colgó ropa interior salpicada en sangre en el picaporte de las puertas de los vecinos; era la misma persona que a la tarde se sentaba en el patio de su casa a gritar cosas, a veces incoherencias, otras veces historias poco felices de su vida. Era la misma persona que años más tarde amenazó a su hijo con un cuchillo y terminó siendo llevada a la fuerza al psiquiátrico en plena noche, pero a la vista in/discreta de todos los vecinos.
Quizá Foucault o el mismo Freud, o Lacan tengan una explicación. Pero prefiero quedarme con el asombro de mis ocho años, con la sensación con la que me acosté a dormir esa noche y la que me acompaña cada vez que me acuerdo: de que existe una buena cuota de azar, de que algo improbable puede pasar igual, sin mayores fundamentos, sin una continuidad en el tiempo, pero que no por eso, no porque ese acto pequeño o mediano o grande no se pueda estructurar en el discurso de lo que es o mejor dicho de lo que debe ser, lo hace menos real o menos válido.

Estado y Soberanía.


15 de julio, 2014.
¿Cómo puede ser que así sin más, me asalte en el escritorio esa sensación en las costillas? Puedo casi sentir tus piernas abajo mío, los dos en la cama viendo una película.
No me asusto, no tengo miedo, no necesito olvidarte porque en nada me lastiman estos recuerdos inofensivos.
Pero sí me deportan de nuevo a ese lugar prohibido y sagrado, ese que era nuestro sólo; perfumado por el microclima de tu boca, que siempre era cigarros y ocho hora de trabajo y un gusto después lejano que no era mío, que era sólo tuyo y no lo querías pero estaba ahí en tu boca, ese gusto a remedio, ese gusto a sin-remedio.
Eso que eras, ese sabor y ese perfume y las ocho horas, nadie lo entendía, yo tampoco. Porque se requeriría de una sapiencia inocua, ajena, neutral para entender, para aprehender la ternura y la dulzura y el tormento que convivían en vos, que convivían con vos; para entender que después de todo la alegría te era algo casi natural, inelegible; y la tristeza era una parte tuya, como la nariz o los ojos chinos, pero no por eso era el todo -no es la nariz de alguien su integridad- y convivían en un solo cuerpo sin grandes exabruptos.
Nadie entendía, ni yo tampoco, porqué pusiste una foto de una mina que nunca fue tuya en tu pieza, al lado de la cama; porqué sin más te reconociste su ciudadano, hiciste una patria, la hiciste tu soberana, le entregaste el vasto terreno de tu cama, de la ropa en el piso y colgada de la ventana, de los dibujos, de las mascotas y los ceniceros siempre humeantes. Por qué le entregaste el ejercicio monopólico de la violencia, la hiciste una institución y la legitimaste todos los días con un beso.
En ese Estado soberano soltaste todos tus recuerdos: el del niño con miedo viviendo en una casa sin luz y sin gas; el del niño cansado, que ir y volver de la escuela le tomaba más tiempo que al resto y por eso muchas veces no iba y se quedaba por ahí robándole cigarrillos a las tías. El del niño enojado con un padre que se fue y volvió y se volvió a ir y volvió a volver, el niño que sueña (¿o era verdad? ¿o una vez lo hiciste en serio?) que se ata con una soguita al brazo del padre para que no se vaya más. El del adolescente atormentado porque la hermana se besa con policías en la esquina del barrio, el del adolescente cansado, triste. El del joven que se va de la casa, que se va de un pueblo a vivir a una ciudad grande para no ser nadie, para que no le conozcan la cara ni los miedos, para que nadie le venga a robar las alegrías.

¿Cómo puede ser que así sin más, me asalte en el escritorio esa sensación en el pecho? Me puedo ver durmiendo en la cama al lado tuyo, pidiéndote que llegués un rato tarde al trabajo.
A veces me gustaría saber qué habrás guardado de todo eso, o si finalmente mi tiranía, mi corazón corrompido de poder destruyó todo, endeudó todo, vendió todo por pocas monedas.